El maratón de las dos horas: por qué tu cerebro se desconecta a la mitad de la clase  

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Daños ambientales: El Mahahual como punto de reflexión

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Hoy, muchos no llorarían

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Déjà vu: cuando el presente parece un recuerdo

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El maratón de las dos horas: por qué tu cerebro se desconecta a la mitad de la clase  

Escrito por Eduardo Guardiola Magaña y Mauricio Rodríguez
Estudiantes de la Facultad de Psicología

Todos hemos estado ahí. El termo de café ya está vacío, cambias de postura por quinta vez en la silla buscando estar cómodo y, al mirar el reloj con la esperanza de que ya casi termine la clase, te das cuenta de que apenas han pasado 45 minutos. Aún queda más de una hora por delante; sobrevivir a dos horas seguidas de una misma materia, a menudo, se siente menos como una experiencia académica y más como una prueba de resistencia extrema. 

Pero, spoiler: no es que te falte interés o compromiso, es que tu cerebro literalmente te está pidiendo un respiro a gritos. Nuestra mente es increíble, pero no está diseñada para mantener un nivel de concentración máxima durante 120 minutos ininterrumpidos. La realidad detrás de esto es bastante clara, después de los primeros 45 o 50 minutos, nuestra curva de atención cae en picada. 

Es en ese punto exacto cuando revisar el celular se vuelve una tentación irresistible, los garabatos en los márgenes de la libreta se convierten en obras de arte y la voz del profesor empieza a sonar como un eco lejano. El gran problema de estos bloques tan largos es que asumen que el aprendizaje es como llenar un vaso de agua: a más tiempo de clase, más conocimiento adquirido. Sin embargo, la fatiga mental es real y genera un cuello de botella. El exceso de información termina saturando nuestra memoria a corto plazo, provocando que lo que se explica en la segunda hora rara vez se retenga con la misma claridad que lo del principio. Y, seamos honestos, esto no solo nos afecta a nosotros del lado de los mesa bancos. 

Imagina estar frente a un grupo intentando explicar conceptos complejos mientras ves cómo, poco a poco, las miradas se pierden en el vacío o en las ventanas. Los profesores también sufren este formato. La energía en el salón cae, la participación desaparece y la clase corre el riesgo de volverse un monólogo agotador para ambas partes. Nadie dice que debamos eliminar las materias extensas del plan de estudios, pero definitivamente necesitamos repensar cómo las vivimos. 

Algo tan sencillo como integrar una pausa real de diez minutos a la mitad de la sesión —tiempo para levantarse, estirar las piernas, tomar aire y desconectar la mente— puede reiniciar por completo nuestra capacidad de atención. Cambiar la dinámica, pasar de la teoría a un ejercicio práctico o a un debate, también hace toda la diferencia. Al final del día, estar en el salón de clases debería tratarse de aprender, analizar y cuestionar, no de ver quién aguanta más tiempo sentado sin parpadear. 

La próxima vez que, en medio de una clase de dos horas, te descubras mirando el reloj por décima vez o luchando contra el sueño, recuerda que probablemente no eres tú el problema. Durante mucho tiempo pensé que distraerme era una falta de disciplina, hasta que entendí que mi cerebro simplemente estaba llegando a su límite natural de atención. Quizá el verdadero reto de la educación no sea permanecer sentados más tiempo, sino encontrar formas de aprender mejor. Porque, al final, tanto estudiantes como profesores compartimos el mismo objetivo: que esas dos horas se conviertan en una experiencia significativa y no en una carrera de resistencia contra el cansancio. 

Daños ambientales: El Mahahual como punto de reflexión

Escrito por Zayra Alejandra Carlos
Egresada de la Licenciatura en Ciencias Ambientales y Salud

La cancelación reciente del proyecto turístico “Perfect Day”, que Royal Caribbean tenía previsto construir en Mahahual, Quintana Roo, volvió a poner el tema en el ojo del huracán, o al menos eso debería suceder, ya que no es un evento aislado, en los últimos años muchos proyectos, con la excusa de crecimiento económico, han puesto en peligro la conservación de recursos naturales.

Por su naturaleza, cualquier construcción no es un proceso amigable con el medioambiente, dejando efectos masivos a corto y largo plazo, además de un considerable aumento de costos de vida de la población que habitan a los alrededores.

Como mexicanos ¿qué tipo de beneficios veríamos de los diversos proyectos de construcción? en los que, debido a la producción y transporte de materiales de construcción, el consumo de energía en los sitios de construcción, y la generación de residuos son responsables de casi el 40 % de las emisiones globales de CO2 .

¿De verdad vale la pena destruir los hábitats de la flora y fauna local? Cada especie tiene su importancia en el equilibrio ecológico, sosteniendo el planeta funcional tal y como lo conocemos, la destrucción de los hábitats naturales, provocada por la tala de bosques y el drenaje de humedales para el crecimiento urbano, obliga a muchas especies silvestres a desplazarse y migrar. Como consecuencia, se modifican el tamaño de la población y pueden verse afectadas las áreas destinadas a la reproducción.

Un ecosistema que pierde su equilibrio se vuelve más vulnerable frente al cambio climático y a fenómenos naturales como sequías, inundaciones o tormentas. Además, cuando los hábitats son destruidos, disminuye la capacidad de ciertos ambientes naturales para absorber y almacenar carbono, lo que afecta la regulación del clima. Como consecuencia, puede reducirse la biodiversidad y desaparecer especies únicas de determinadas regiones.

Aunque sí existen estrategias de mitigación para reducir el impacto ambiental de grandes proyectos y actividades industriales, muchas veces estas medidas no se llevan a cabo de manera completa. Esto ocurre porque suelen representar costos elevados para las grandes corporaciones, las cuales priorizan las ganancias económicas sobre la protección del medio ambiente. En algunos casos, las empresas anuncian compromisos ecológicos o prometen implementar acciones sostenibles únicamente para mejorar su imagen pública, pero en la práctica, dichas acciones quedan inconclusas o resultan insuficientes. Como consecuencia, el daño ambiental continúa aumentando, afectando ecosistemas, recursos naturales y comunidades que dependen de ellos. Esto demuestra que, aunque las estrategias de mitigación existen y podrían generar cambios positivos, no siempre hay un interés genuino por parte de algunas corporaciones en reducir el impacto que sus actividades ocasionan en nuestro hogar.

Hoy, muchos no llorarían

Escrito por Hugo Laussin.
Dirección de Comunicación e Imagen

¿En qué parte de nuestra historia, como humanos, se nos fue la humanidad?

Cuando se habla de tejido social roto, desgarrado y casi desaparecido, no se puede evitar dejar de pensar que será de nuestros niños.

Vivimos casos recientes que son dolorosos por su forma y sobre todo, por sus efectos. Jóvenes en plenitud arrancados de la vida en un santiamén por otros jóvenes.

Irresponsabilidad, valemadrismo, ceguera temporal por el alcohol… las causas se minimizan ante los efectos devastadores que se quedan en las familias de los que no sobrevivieron y de los que aún con vida, dejarán parte de esta tras las rejas.

Con razón, los padres de los causantes buscan la libertad desesperada de los suyos, a pocos padres les gustaría que sus hijos estén inmersos en un mundo tan inhóspito como el de un penal. Aquí viene la duda ¿si un hijo asesina, por ser hijo no merece castigo?

Eso habrá que explicárselo a los padres de los ausentes, de esos que ya no están aquí para reír, llorar, despertar cada mañana, vivir.

En ambos casos, de víctimas y victimarios, hubo una niñez, hubo juegos, hubo padres esperando ansiosos su llegada a este mundo.

Hubo caricias y hubo desvelos para alimentarlos, cuidarlos.

Existieron esos mágicos e irrepetibles momentos de la primera mirada, la primera palabra, el primer paso.

Hubo angustia ante la primera caída y alegría, ternura, orgullo de ver a esos seres diminutos e indefensos caminar por vez primera, tambaleantes, buscando con sus manitas la mano protectora de sus padres.

En ambos casos, de víctimas y victimarios, hubo vida.

Ahora hay padres tratando de entender qué fue lo que pasó; el por qué sus hijos ya no están y por qué no escuchan sus risas y sus llantos.

No quiero ni imaginarme por lo que pasan esas almas. Simplemente no es justo para ninguno que un minuto sinrazón se haya vuelto eterno.

La gente perdona difícilmente, ahora, con las redes, la gente conoce y se enfurece pero a la postre, el asunto, los asuntos, se habrán vuelto una historia lejana para muchos.

Para otros esos dramáticos sucesos, minutos y memorias vivirán eternamente dejando la peor pregunta que puede hacerse en privado: ¿y si hubiera…?

La muerte no ha distinguido nunca sexos ni edades y por la permanencia del humano en esta tierra, no lo hará jamás.

Vivimos un obscurantismo inquietante donde el conocimiento aflora en cualquier pantalla pero el saber del humano se va agotando en una maraña de información que no podemos ni sabemos manejar.

Esta era oscura que nos ha atrapado pone en riesgo nuestra permanencia como humanos con sentimientos en el mundo.

No se trata de ser catastrófico, pero la violencia y la falta de humanidad se replica en todo rincón del mundo sin que sepamos como detenerlo.

A nuestros niños y jóvenes ya no les interesa ser humanos porque nosotros, adultos, hemos preferido el tener que el ser.

Hemos educado en la ignorancia disfrazada de conocimiento a nuestros hijos.

Nuestras hijas e hijos viven en peligro, en constante acoso y muchas, la mayoría, ni siquiera lo sospechan.

La maldad ya ha traspasado límites y edades y todo porque nosotros, los presuntos adultos, no les hemos enseñado que el valor de la vida es lo más sagrado y necesario para seguir siendo humanos.

Mujeres y hombres ya no somos más que el mero reflejo de una humanidad ofuscada.

Necesitamos urgentemente cambiar el rumbo de nuestros pensamientos, de nuestros orígenes.

Dejar de pensar en valores como un mero discurso político y entender de una vez que los valores aplican por igual a toda raza, a toda religión, sexo, edad y bolsillo.

Somos los humanos el más grande peligro para la humanidad y casos somos los recientes en esta ciudad sólo son la punta de lanza de lo que viene.

Nuestras escuelas y padres de familia deben retomar el ser antes que el tener para que volvamos siquiera a conocer el nombre de los vecinos.

Los que ya no están entre nosotros no deben ser olvidados. Nunca.

Tenemos desaparecidos, feminicidios, homicidios y una creciente moda de maldad sin que logremos abrir los ojos y darnos cuenta de que nuestros hijos ya están pagando por ello.

Si tuviéramos humanidad aún, los padres de las víctimas y de los victimarios, no estarían inmersos en el dolor, sino abrazando a los suyos.

Salvemos a los hijos que nos quedan.

Déjà vu: cuando el presente parece un recuerdo

Escrito por Diego Alberto Contreras Santillán.
Estudiante de la Facultad de Derecho Abogado Ponciano Arriaga Leija

Seguramente te ha pasado alguna vez.

Estás en una conversación con amigos, caminando por una calle o escuchando una frase que alguien acaba de decir, y de pronto sientes algo extraño: una sensación muy clara de que ese momento ya lo viviste antes. Todo parece familiar, como si fuera una escena repetida, aunque sabes perfectamente que es imposible.

Ese fenómeno se conoce como déjà vu, una expresión francesa que significa literalmente ´ya visto´. Se trata de una experiencia breve pero intensa en la que una situación nueva genera la sensación de ser un recuerdo.

Aunque puede parecer misterioso o incluso inexplicable, en realidad es un fenómeno bastante común. Se estima que alrededor del 60 al 70 % de las personas lo han experimentado al menos una vez en su vida. Curiosamente, suele ocurrir con mayor frecuencia en jóvenes y adultos jóvenes, especialmente entre los 15 y los 25 años.

A lo largo de la historia, el déjà vu ha despertado muchas interpretaciones. En algunas culturas se llegó a relacionar con recuerdos de vidas pasadas o con experiencias sobrenaturales. También hay quienes lo asocian con la idea de universos paralelos o fallos en la realidad, como si por un instante el tiempo se repitiera.

Sin embargo, la ciencia ha tratado de entender este fenómeno desde otra perspectiva.

Actualmente, muchos especialistas en neurociencia consideran que el déjà vu está relacionado con la forma en que el cerebro procesa la memoria. Nuestro cerebro cuenta con sistemas encargados de reconocer lo familiar y otros responsables de almacenar recuerdos. Cuando todo funciona con normalidad, podemos distinguir claramente entre algo que estamos viviendo por primera vez y algo que recordamos del pasado.

El déjà vu podría ocurrir cuando, por un breve instante, estos sistemas se “confunden”. Es decir, una experiencia completamente nueva activa las mismas áreas del cerebro que normalmente se encargan de identificar recuerdos familiares. Como resultado, el cerebro interpreta ese momento como algo que ya había ocurrido.

Otra teoría sugiere que el fenómeno podría estar relacionado con pequeños retrasos en la transmisión de la información entre distintas partes del cerebro. Si la misma escena se procesa con una fracción de segundo de diferencia en dos circuitos neuronales distintos, el cerebro podría interpretar la segunda señal como si fuera un recuerdo de la primera.

Aunque estas explicaciones resultan fascinantes, lo cierto es que el déjà vu sigue siendo un fenómeno que la ciencia continúa investigando. Debido a que ocurre de manera inesperada y dura apenas unos segundos, es difícil estudiarlo en condiciones controladas.

A pesar de su misterio, el déjà vu no suele representar ningún problema de salud. Para la mayoría de las personas es simplemente una experiencia curiosa que aparece ocasionalmente y desaparece rápidamente. Sin embargo, en casos muy poco comunes, episodios frecuentes de déjà vu pueden estar relacionados con ciertos trastornos neurológicos, por lo que en esos casos sí se recomienda consultar con especialistas.

Más allá de las explicaciones científicas, lo interesante del déjà vu es la sensación que produce. Durante unos segundos, nuestra percepción del tiempo parece volverse confusa. El presente se mezcla con la idea del pasado y nos hace cuestionar cómo funciona realmente nuestra memoria.

Esa breve sensación de familiaridad también nos recuerda algo importante: nuestro cerebro es mucho más complejo de lo que solemos imaginar. Cada pensamiento, cada recuerdo y cada percepción del mundo depende de una red de procesos mentales que trabajan constantemente para interpretar la realidad.

Tal vez por eso el déjà vu sigue despertando tanta curiosidad. No solo es una experiencia extraña; también es una pequeña ventana hacia el funcionamiento del cerebro humano. Y aunque la ciencia continúe investigando sus causas exactas, cada vez que volvamos a sentir ese instante extraño en el que todo parece repetirse, podremos reconocer que no se trata de un misterio sobrenatural, sino de uno de los muchos fascinantes trucos de nuestra mente.

¡Sé parte del team Sinergia!

Antes que nada, nos presentamos, somos Sinergia, el blog oficial de tu Uni, la poderosísima UASLP 💙. Si esta es la primera vez que escuchas de Sinergia, déjanos darte un poco de contexto: Este espacio fue pensado para la comunidad estudiantil de nuestra querida Universidad, un lugar para que estudiantes como tú puedan compartir sus ideas, experiencias, emociones; con el fin de conectar con otras y otros jóvenes con los que no sabías que tenías algo en común.

Aquí hablamos de muchos temas, como culturales, de moda, ambientales, sociales, musicales, culinarios, deportivos e incluso amamos que nos recomienden animes, mangas, series, películas y sus experiencias en conciertos. También puedes colaborar contándonos sobre lo que se vive en tu facultad, ya que es emocionante saber cómo vives esta etapa universitaria, ¡queremos crear una gran comunidad!. ¿Te animas a ser parte de nuestro equipo?

Tu participación puede ser en una de dos modalidades: como servicio social/prácticas profesionales o colaboraciones independientes. ¿Cuál es la diferencia? En el caso del servicio social y las prácticas profesionales, tendrás que cumplir con colaboraciones semanales; mientras que las independientes, se reciben sin una frecuencia específica. Tu creación puede ser texto para una entrada del blog, video reel o post para redes sociales.

A continuación, te compartimos los lineamientos para que puedas redactar los textos:

  • El tema es libre, siempre y cuando sea respetuoso, no cause controversia ni se insulte en temas políticos, religiosos, de índole y diversidad sexual. La redacción debe ser del tipo narrativo, con el propósito de generar una lectura amena enfocada a la comunidad universitaria juvenil.
  • Deberá tener un título de máximo 10 palabras.
  • Deberá ser firmado con nombre y apellido o pseudónimo de quién lo redacte, además de la carrera que estudie.
  • El texto será escrito de cuartilla a cuartilla y media como máximo, en letra Arial 12, con interlineado de 1.0
  • Se sugiere que se envíen de tres a cuatro imágenes de buena calidad (HD) para acompañar el texto, en archivo JPG o PNG, en formato horizontal.
  • Enviar el documento e imágenes por separado a los correos alejandra.carlos@uaslp.mx y nadia.cardenas@uaslp.mx
  • Una vez enviado el texto se revisará y se enviará nuevamente con sugerencias de redacción o corrección de estilo.
  • Al aceptarse los cambios se publicará según el calendario de Sinergia. 

Lineamientos para reels:

  • El tema deberá ir enfocado a la vida universitaria: crónica de un evento de la Uni, clases o vida académica, experiencias universitarias, divulgación científica, o alguno relacionado, siempre y cuando sea respetuoso, no cause controversia ni se insulte en temas políticos, religiosos, de índole y diversidad sexual, además de evitar la promoción de marcas comerciales reconocidas.
  • Deberá estar grabado en vertical en calidad HD (1080 x 1920 px) o superior, en archivo MP4 o MOV. La duración del video se sugiere que sea de un minuto (1:00) como mínimo y dos minutos y medio (2:30) como máximo. En caso de que quieras realizar un video más largo, por favor envíanos un correo o mensaje.
  • El audio debe ser claro, limpio y en un volumen moderado. Se acepta la musicalización de fondo.
  • Los reels que se suban a Instagram (@sinergia.uaslp) se les invitará a realizar una colaboración con la cuenta del autor o autora, por lo que es necesario enviar su nombre de usuario.
  • Enviar el video a los correos alejandra.carlos@uaslp.mx y nadia.cardenas@uaslp.mx, asimismo, adjuntar un copy para dar contexto al video.
  • Una vez enviado el video se revisará, en caso de que existan sugerencias se enviarán por el mismo medio para su modificación.
  • Finalmente, enviar la nueva versión con los cambios para su publicación en las redes sociales de Sinergia, conforme al calendario interno del blog. 

Lineamientos para post:

  • El tema deberá ir enfocado a la vida universitaria: crónica de un evento de la Uni, vida académica, experiencias universitarias.
  • Este tipo de colaboración consta de la redacción de un copy extenso (máximo 1500 caracteres) en dónde se relate de qué trato el evento o se den detalles de la actividad, además de fotografías que ilustren lo que se narra en la descripción (mínimo 10 y máximo 30 fotos).
  • Las fotografías deben ser tomadas por la persona colaboradora de Sinergia; además de contar con el permiso de las personas retratadas en la fotografía.
  • La calidad de las fotografías debe de ser HD (1920 x 1080 px) o superior, se aceptan en formato horizontal o vertical, en archivo JPG o PNG.
  • Los post que se suban a Instagram (@sinergia.uaslp) se les invitará a realizar una colaboración con la cuenta del autor o autora, por lo que es necesario enviar su nombre de usuario.
  • Enviar todo el material a los correos alejandra.carlos@uaslp.mx y nadia.cardenas@uaslp.mx.
  • Una vez enviado el texto y las imágenes se revisarán y se enviarán nuevamente con sugerencias de redacción o corrección de estilo.
  • Al aceptarse los cambios, se publicará según el calendario de Sinergia. 


Si te interesa compartir tu mundo con Sinergia, ¡eres bienvenida y bienvenido! 🫶, cualquier duda que te surja puedes enviarla a través de DM o Inbox a nuestras redes sociales.

Mi pasión volcada en la obra de Cristina Rivera Garza

De lo trascendental a lo místico, de la lucha a la justicia, de la conciencia a la rebeldía, Cristina Rivera Garza arrastra mi vista hacia su horizonte, para reescribirme. 

La pasividad de mi lectura se esfumó, algo revoloteaba en mi pecho, ¿Y no es acaso este el amor?, en mi cabeza el pensamiento se abstuvo de sucumbir a tal invitación. Necesitaba encontrar alguien que insistiera en darle la espalda al olvido, tanto como lo he hecho yo. No descifre el enamoramiento de inmediato, pero fue tan inevitable: fui creciendo en sus márgenes, en sus silencios, en las ausencias nombradas, en la tierna y radical voz que deleitaba a toda una multitud de gente que no dimensionaba como yo a mis ojos, la presencia tan fructífera que nos arropaba el alma, mencionando siempre la reconstrucción de lo que se ha perdido, de lo que nos han arrebatado, desde orígenes, desde raíces, siempre recordando que somos raíz, antes que fruto. 

Doctora Honoris Causa. Me sigue temblando el corazón al escribirlo; ¿qué tanta entrega, disciplina, conocimiento, hay detrás de las gafas de Cristina? ¿Cuántos escalones me faltan para ser tan inmensa como ella? Es tan sensible como yo, y a la vez tan recta. Su mirada proyectaba una sabiduría tan cálida, tan suprema.  Su presencia tan amena, fue lo primero que pude sentir al cruzar palabras y preguntas preparadas, ¿Me temblará la voz como en aquellos foros del “niño lector” en los que participaba representando la carga de toda una primaria en mi pequeña y rígida espalda? ¿Sucedió?, si, tal vez al principio, creo que ni lo notó, ¡espero que no! 

Cristina cultiva una ética en su escritura desde la semilla, sembrando la resistencia de negar el olvido, de vivir la complejidad de lo humano, con fervor indignante, gritándole a la violencia, a la memoria de las mujeres que han sido relegadas al pie de página, o la mayor de las veces, sin llegar a existir en una hoja. Dicha lectura me sumerge en estado de confrontación, en cuestionamiento, ¿Qué estoy leyendo, y qué haré con esto que ya sé? En este viaje, cargando en la espalda la realidad, tan seca, tan árida, dejé a un lado mi absurda más no constante comodidad, mi sumisión bendita para el agresor, mi niebla mental que causa la indiferencia, que mata, que roba, que llora, en ti, en ella, en mí, en todo. 

Escucharle después de leerle (incluso antes de), es de considerarse prolífico; a causa de la experiencia majestuosa, es imposible no sentir la vibración al narrar en mi cabeza siguiendo el ritmo del camino que atraviesa mi vista. Soy participe ahora en la memoria, en el archivo, en el reencuentro y en la tan anhelada y esperada justicia.  

Tengo incrustada ahora a Liliana en todos mis sentires, vivo por todos mis antepasados, y en la memoria de los apellidos que pesan, que amo y que duelen a la vez.  Cristina nómada, Cristina en memoria.  

En mi librero: Juan Villoro y sus obras

Todos los libros existen cuando el lector los lee y comienzan su vida útil cuando el lector, sentado en su lugar preferido y tomando una buena taza de café, los abre por primera vez, ahí es cuando sucede el momento mágico que une dos mentes: la del lector y el escritor. Como dice el tío Tito en El libro Salvaje: “Hay dos formas de que un libro llegue a ti: la normal y la secreta. La normal es que la compres, te lo presenten o te la regalen. La secreta es mucho más importante: en ese caso es el libro el que escoge a su lector”.

Juan Villoro llegó a mi librero mental hace muchos años, casi por casualidad. Lo que me enganchó fue precisamente eso, la coincidencia. Meses antes había leído The catcher in the Rye de J.D. Salinger, una lectura que me sumergió tanto en la mente de Holden Caulfield que, por momentos, me daba un poco de miedo. En este monólogo, Holden se pregunta: “¿a dónde van los patos de Central Park cuando el lago se congela?”

Días después, por azares del destino, me topé con un texto de Juan Villoro, el cuento Chicago. En él, un taxista conversa con un pasajero y, al hablar del frío entre Ciudad de México y Chicago, así como de los lagos del Parque de Chapultepec, lanza una pregunta que me resultó familiar: “¿ha visto usted a los patos?”. En ese momento no pude dejar de preguntarme ¿a dónde van los patos cuando hace frío en el lago del Parque de Chapultepec?

Yo no sé si Juan Villoro quería o no hacer esa referencia en el cuento, pero yo lo imaginé sentado en su lugar favorito tomando una taza de café, leyendo The catcher in the Rye y dialogando con J.D. Salinger, ese día conocí a un escritor que se convertiría en uno de mis favoritos.

Hablar de Juan Villoro, para mí, ha sido descubrir a un autor prolífico, capaz de escribir historias tan cotidianas con personajes aparentemente comunes, pero que terminan construyendo un mundo completo en la imaginación.

Hablar de él, es recordar cuando Juan Jesús llama por teléfono a Nuria después de no haberla visto durante muchos años, como en Llamadas de Ámsterdam; es entender que un puré de papa puede anunciar un mal momento, como ocurre en El libro Salvaje; es entender su diálogo e influencia en José Agustín en La noche navegable; y también es encontrarse con ese bibliotecario que, desde una conferencia, nos revela cuánto pueden enseñarnos los libros.

Debo confesar que dejé de leerlo un tiempo porque decidí solo leer escritoras, llevo varios años acompañada de mujeres, que además de la necesidad propia de reconocerlas y reconocerme, comparten conmigo una misma realidad y me han mostrado otros caminos dentro de la literatura. Ahora, después de mucho tiempo, Villoro vuelve a encontrarme desde otro momento y otro lugar, así como te encuentra un libro.

“He ordenado una biblioteca a lo largo de mi vida y los libros han desordenado mi vida”- Conferencias sobre la lluvia, Juan Villoro.

Tres colores que cuentan quiénes somos: más allá del 24 de febrero

Escrito por Diego Alberto Contreras Santillán
Estudiante de la Facultad de Derecho Abogado Ponciano Arriaga Leija

La vimos cada lunes en la primaria.

La saludamos casi en automático, con la mano extendida y la mirada al frente.

La dibujamos en cartulinas, la pintamos en murales, la repetimos en discursos escolares.

Pero… ¿cuándo fue la última vez que realmente pensaste en lo que significa la bandera de México?

Cada 24 de febrero, en México, celebramos el Día de la Bandera. Es una fecha que aparece marcada en el calendario cívico, pero que pocas veces nos detenemos a cuestionar. Sabemos que es importante. Sabemos que es un símbolo nacional. Sin embargo, rara vez nos preguntamos qué representa hoy, en pleno 2026, para quienes estamos construyendo nuestro presente desde las aulas universitarias.

La historia nos dice que el 24 de febrero de 1821 se presentó oficialmente la primera bandera del Ejército Trigarante, encabezado por Agustín de Iturbide y Vicente Guerrero. Aquella bandera tenía ya los tres colores que reconocemos: verde, blanco y rojo. En ese momento simbolizaban la independencia, la religión y la unión.

Con el paso del tiempo, esos significados cambiaron. Hoy solemos aprender que el verde representa la esperanza; el blanco, la unidad; y el rojo, la sangre de quienes lucharon por el país. Los símbolos evolucionan porque las sociedades también lo hacen. Y esa transformación no debilita el significado; lo enriquece.

Porque un país no es un concepto rígido. No es una página cerrada de un libro de historia. Es una construcción constante. Es una conversación que atraviesa generaciones.

Cuando vemos la bandera ondear, no estamos observando solo un trozo de tela con colores definidos. Estamos mirando siglos de cultura, de lenguas originarias, de tradiciones, de arte, de ciencia, de conflictos, de acuerdos y desacuerdos. Estamos viendo la historia de millones de personas que, con aciertos y errores, han dado forma al México que hoy habitamos.

Sin embargo, hay algo más profundo que rara vez se menciona en los actos oficiales: la bandera no solo representa el pasado. También representa el futuro.

Y el futuro está sentado en los salones de clase.

Como estudiantes universitarios, vivimos en una etapa donde constantemente nos preguntamos quiénes somos y quiénes queremos llegar a ser. Elegimos carreras, enfrentamos dudas vocacionales, descubrimos talentos, cometemos errores, replanteamos metas. Estamos en proceso. Y ese proceso también es identidad.

Hablar de la bandera es hablar de pertenencia. Pero pertenecer no significa pensar igual, ni vivir las mismas experiencias. México es diverso, plural, complejo. La bandera no borra esas diferencias; las contiene.

En un mismo campus universitario conviven historias distintas: personas de diferentes municipios, contextos económicos, culturas, ideas y sueños. Esa diversidad no debilita la identidad nacional; la fortalece. Porque la unidad no es uniformidad. Es la capacidad de compartir un espacio común respetando nuestras diferencias.

Tal vez por eso la bandera sigue siendo vigente. No porque todos sintamos exactamente lo mismo al verla, sino porque sigue siendo un punto de encuentro.

A veces, en la rutina académica, entre exámenes, proyectos finales y planes a futuro, la palabra “patria” puede sonar lejana. Sin embargo, la patria no es un concepto abstracto reservado para los libros de historia. Es el lugar donde estudiamos, donde trabajamos, donde construimos relaciones, donde imaginamos oportunidades.

La patria también es el compromiso de hacer bien lo que nos corresponde. De formarnos con ética. De ejercer nuestras profesiones con responsabilidad. De aportar, desde nuestro ámbito, algo que mejore el entorno en el que vivimos.

Este 24 de febrero de 2026 puede ser más que una ceremonia cívica o una fecha que pasa desapercibida. Puede ser una invitación a reflexionar sobre el papel que jugamos dentro de esa historia que sigue escribiéndose.

La bandera no exige perfección. No simboliza un país sin problemas. Simboliza un país en movimiento. Un país que ha cambiado y que seguirá cambiando. Y en ese movimiento, nuestra generación tiene voz.

La pregunta no es únicamente si la bandera todavía nos representa.

La pregunta es: ¿qué estamos haciendo nosotros para representar lo mejor de ella?

Porque al final, esos tres colores no solo cuentan lo que fuimos.

También hablan de lo que podemos llegar a ser.

Y quizá, más que saludarla por costumbre, el verdadero homenaje sea construir, desde nuestro presente universitario, un México que esté a la altura de los ideales que esos colores prometen.

Más particular

Valeria Naomi Uresti Vanegas

Estudiante de la Licenciatura en Biofísica en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí. Sus intereses abarcan diversas áreas y la lectura ha sido, desde siempre, la principal fuente de alimento para su curiosidad, tanto científica como literaria. Finalista en el Premio Ariadna de Cuento 2022 y en el Premio Ariadna de Poesía 2022. Ha participado en actividades de divulgación científica con el objetivo de incentivar la curiosidad y promover el pensamiento crítico. Cree firmemente que la ciencia no tiene que estar desconectada del arte: ambas crecen en conjunto. Fue una de las ganadoras del Concurso de Cuento para Alumnos Universitarios  “Historias Cuánticas” con motivo del Año Internacional de la Ciencia y la Tecnología Cuánticas.

Hace ya algún tiempo que conocí a mi fantasma. Creí que éramos amigos, pero desde que empecé a colaborar en aquel ridículo proyecto, no ha dejado de atormentarme. ¡Por favor! ¿comprobar la existencia de mundos paralelos? ¿comunicarse con el “yo” de otra dimensión?  ¿en serio? No entiendo la necesidad de alterar nuestro mundo de esa manera, ya está lo suficientemente descompuesto con la barbaridad de cosas que suceden a diario.

De cualquier manera, me la he pasado trabajando como mula día y noche armando un sistema de sensores cuánticos. Este debe ser lo suficientemente sensible como para detectar la más atómica anomalía gravitacional. Estará integrado a una supercomputadora, por lo que es de suma importancia contar con un sistema de refrigeración criogénica eficiente. Este stage sólo representa una fracción de un sistema mucho más grande y complejo, requiere dinero, tiempo y mucho trabajo. Pero, como era de esperarse, fueron pocas las personas dispuestas a sumarse a tan titánica tarea, de modo que mis energías son devoradas en la superconducción, refrigeración y administración de facturas y aburridos formularios.

Y todo esto gracias al estúpido fantasma, que no me permite descansar. Perversamente, me recuerda que hay mucho por hacer y poco tiempo para terminar. Mientras, trato de tomar las cosas con calma, su insistencia me ataca en mis descansos y mientras duermo. ¡Estoy harta de escucharlo!

No siempre fue tan fastidioso. Después de todo, fue él quien me presentó el Universo. Tenía unos cinco o seis años y, aquella noche, obligada, me fui a la cama con mis incansables energías picándome las costillas y manteniéndome despierta. Me movía de un lado a otro, procurando no despertar a la abuela, hasta que, finalmente, frustrada, arrojé la almohada al suelo y me detuve a observar fijamente el techo. Entonces, Fantasma apareció, envolviéndolo todo con un manto de oscuridad. Cientos de diminutos y centelleantes soles emergieron, arrullando mi velada. A partir de esa noche, vislumbrar las estrellas y sus constelaciones se volvió parte de mi costumbre a la hora de dormir.

Además, me enseñó extrañas cosas sobre la naturaleza del Universo. En un sueño me mostró las galaxias y el polvo estelar que las conformaban, y luego, en medio de sus colores cósmicos, observé un fino y delgado hilo blanco, sin principio ni final, que formaba bucles infinitos. El hilo era flexible, suave y moldeable, sin embargo, nunca se tocaba a sí mismo. De la misma manera, la vida se conforma en ciclos donde parece que vivimos situaciones repetitivas, no obstante, nunca suceden de la misma manera, nunca son exactamente iguales. En esta característica el Universo es estricto y receloso: cada experiencia es única, lo que lo hace caótico y, a veces, aterrador.

Sus enseñanzas siempre me cautivaron, el señor Fantasma y los misterios de nuestra existencia me seducían. Pero la curiosidad no siempre es inocente, al fin y al cabo, está aliada con el peligro.

Así, una noche, Fantasma me condujo a un apestoso bar, donde el aroma del sudor y del alcohol se mezclaban en una amarga fragancia a humanidad. Eso, y la espantosa música de fondo, fueron el escenario perfecto para una partida de póker con mis compañeros de trabajo. Carlos, Carolina, un desconocido que se encontraba bebiendo solo y yo jugamos un Texas Hold’em, aunque apenas y conocía las reglas. Iniciamos con una apuesta débil, pero significativa, las cartas se repartieron y la apuesta no incrementó. Destaparon un nueve y un diez de picas junto a un as de trébol. Tímidamente, colocamos más dinero en la mesa. Todo se puso interesante cuando en la cuarta carta se reveló un as de diamantes. El desconocido dobló la cantidad de la mesa y Carolina se retiró escandalosamente. Yo, en cambio, no comprendía qué estaba pasando. Tras meditarlo por unos segundos, decidí permanecer en la partida.

Mi cartera soltó un gritillo que sólo yo escuché, pues me estaba jugando el dinero para el taxi. Los participantes se emocionaron, parecían visualizar las posibles jugadas y me contagiaron su nerviosismo. Todos, menos el encargado de repartir la baraja, golpeteamos la mesa imitando un redoble de tambores, mientras lenta y dramáticamente se revelaba la última carta. Las ansias cosquillearon en mi abdomen.

—Qué emocionante es el destino cuando aún está indeterminado —me susurró Fantasma.

Apareció una J de picas. Carlos se retiró y el desconocido mantuvo la apuesta, subestimaba mi jugada debido a mi ignorancia. No contaba con que el azar había jugado a mi favor, y para ser honesta, yo también me encontraba sorprendida. Baje al rey y a la reina de picas declarando mi victoria. Tomé mis ganancias, agradecí a los presentes y hui rápidamente de allí, jurando no volver a jugar. Esa partida había sacudido mi brújula moral; la incertidumbre de los juegos de azar me dejó enganchada, pues me encantaba el riesgo, pero aquel era potencialmente peligroso. Lo mejor era mantenerse alejada.

Aquella noche de póker había estado guardada en algún rincón en mi memoria, hasta que revivió cuando acepté colaborar en el proyecto. Mi imaginación visitaba mundos paralelos mientras andaba de aquí para allá, ensamblando cosas y paseando en los laboratorios. Pensé que en alguna dimensión habría tenido que regresar caminando a casa, mientras que, en otra me convertía en una ludópata arruinando mi reputación y mi carrera.

Por otro lado, mis pensamientos me llevaron a extrapolar la superposición cuántica a mis acciones; estas nunca serían satisfactorias o insatisfactorias hasta que alguien las observara. Entonces, mi nerviosismo aumentaba cada vez que alguien me veía.

Fui víctima de mi ansiedad un día en el que Leura, encargado del stage 1, entró de imprevisto al laboratorio. Cruzamos miradas y me congelé de inmediato. Estaba en cuclillas tratando de alcanzar unas pinzas con la mano izquierda, sostenía un trozo de alambre con los dientes, y con la derecha, empujaba un ducto contra la pared para evitar que cayera. Leura caminó despacio observándome, lo seguí con la mirada sin mover un músculo.

—Si no te mueves no te veo o ¿cómo funciona? —bromeó agachándose para alcanzarme las pinzas.

—Sí, es que… —rectifiqué lo que iba a decir— ¿Qué?… Nada, estaba tratando de tomar las pinzas, y me distraje.

Esto no tiene nada de relevante, pero quedó registrado en la cámara de seguridad, ahora se burlan de mí de vez en cuando. Si Leura no hubiera entrado mientras trabajaba, yo no hubiera pausado mis deberes y esa escena nunca hubiera quedado grabada.

No debería sobrepensarlo, pero no puedo evitarlo. Con este proyecto, lo imposible, poco a poco deja de serlo. Ni siquiera sé si funcionará, pero algo me motiva a estar de nueva cuenta, a las nueve de la noche, verificando el estado de ensamblaje del stage 0. De todas maneras, su construcción depende de mi compromiso. Una vez terminado, me jubilaré; me alejaré lo más que pueda de la ciencia, me iré a vivir tranquila a las Bahamas y me olvidaré de todo esto.

Y es que ahora estoy absorta en todo lo cuántico. Me recuerda a la esencia del “hubiera”, sólo que al “hubiera” lo rechazamos porque es sinónimo de soñar en pasado, y el pasado, ya no puede modificarse. Por otro lado, nuestro futuro existe en múltiples caminos, incluso si están indeterminados. Las posibilidades vuelan y se multiplican, hasta que decidimos tomar las riendas de un solo destino. Una vez hecho esto, ocasionalmente regresamos al pasado y nos preguntamos ¿qué hubiera pasado si…?

¿Qué hubiera sido si en lugar de café hubiera tomado jugo esta mañana? ¿Y si hubiera elegido zapatillas en lugar de deportivo? ¿Estaría andando un camino diferente? Si hubiera salido más temprano a tomar el bus: ¿recordaría nuevos rostros? Las preguntas triviales son fáciles de responder, pero hay otras que no lo son tanto.

 Y… si los ojos de quien yo hubiera querido me hubieran mirado con más ternura, ¿qué habría sido de mis sentimientos? Y si hubiera podido mirar con amor a quienes nunca logré hacerlo, ¿qué hubiera sido de nuestros caminos? ¿Y si me hubiera atrevido a dar aquel abrazo… o si hubiera sido yo quien lo recibiera? ¿Y si nunca hubiera conocido a aquel fantasma? Y si no hubiera vivido todo exactamente como hasta ahora: ¿seguiría siendo yo?

Mientras termino de revisar el papeleo de materiales que me faltan, pienso en las infinitas
posibilidades, y en que nunca habrá dos universos exactamente iguales. Concluyo que el Universo, no sólo es receloso, sino también orgulloso: o eliges este camino ahora, o nunca se te presentará de la misma manera. Quizá existan otros universos, sin embargo, jamás encontraré la esencia de este en ningún otro. Escucho cómo Fantasma se desparrama conmovido por mi conclusión. Quizá por esta vez deje de atormentarme.

Aun así, es fascinante imaginar el poder serlo todo, vivirlo todo y sentirlo todo al mismo tiempo; aunque sea sólo por una fracción de segundo. Y así, mis pensamientos vagabundean como vulgares ondas, mediocres y sin coherencia, tal como mi existencia.

Me pregunto qué sería de mi si fuera más particular.

Ricky

Estudiante de Licenciatura en Física en la Facultad de Ciencias UASLP, miembro del Comité de Organización de la Olimpiada Potosina de Física, miembro de la Tuna Cuántica, tesista en el Laboratorio de Altas Energías del Instituto de Física de la UASLP. Fue una de las ganadoras del Concurso de Cuento para Alumnos Universitarios  “Historias Cuánticas” con motivo del Año Internacional de la Ciencia y la Tecnología Cuánticas.

María de los Ángeles Rodríguez López

—¡Ricky! ¡Ricky! ¿Dónde se habrá metido ese condenado gato? A ver, Adrián, fíjate si ya se subió pa’ la azotea.

Mi hermano puso cara de disgusto, dejó la partida en línea que estaba jugando en su celular y subió por las escaleras. En este punto ya toda la colonia sabía de nuestro gato, y es que no era para menos: un gatote negro, gordo, fuerte; nunca había visto tal majestuosidad en algún animal. Siempre que lo llevábamos a vacunar, cuando había campaña contra la rabia, era todo un show; solíamos agarrarlo entre mi hermano y yo, él lo alcanzaba y yo, pese a terminar toda arañada y tener que soportar su cara de disgusto de “ahora no humano, ¿qué deseas?” y sus gruñidos animales, lo metíamos en mi mochila de la escuela. Y todo el camino sólo se escuchaban sus quejidos, sus maullidos causando lástima. Pero yo no le creía, sabía que, en cualquier oportunidad, el condenado gato saldría corriendo a esconderse debajo del colchón, de la mesa, o simplemente me arañaría para demostrar que él mandaba.

“¡Qué gato!” decía el veterinario, y yo, pese a ser mi gato el más malvado de todos, lo sostenía del collar y de la panzota que tenía. “Ahora sí, doctor, haga lo que tenga que hacer antes de que se ponga más tenso”. Y el doctor, más por obligación que por ganas, le jalaba el cuero del cuello y lo picaba con la aguja.  El Ricky solo mostraba sus colmillos afilados en muestra de dolor, pero después solamente se lamía sus bigotes y abría sus pupilas como diciendo “bueno ya pasó, déjenme en paz”.

“Déjame tomarle una foto, es que está muy chulo tu gato, ¿cuántos años tiene?” El veterinario sacaba su teléfono y el condenado gato se acurrucaba en la mochila posando para la cámara. A pesar de tener el pelaje más negro que la noche, se notaban sus bigotes, sus orejas y la pelona que tienen todos los gatos negros. “Tiene tres, los acaba de cumplir” le dije. “Pues sí que está bonito, cuídalo mucho. Bueno, hasta pronto Ricky, sé un buen gato”

 Y cerrando el cierre, ya sin tener que forcejear con él, procedía a guardarlo porque él sabía que ya era hora de volver a casita. En el camino de regreso, lo consolaba del piquete que le habían dado para que no se fuera a poner más bravo; le decía que, si quería, pasaríamos a la tienda a comprarle su sobrecito de whiskas, si es que doña Nancy ya había resurtido, porque creo que por glotón ya se había acabado todos los sobres de la tienda.

Llegando a casa le serví sus croquetas y su agüita, pero estaba cansado, los paseos en morrales siempre le gustaban, pero el piquete le había causado sueño. Cuando le abrí la mochila parecía todo adormilado, entonces lo agarré y lo recosté en su parte favorita del sillón. Era curioso que ya estaba toda hundida, llena de pelos y arañazos porque era su segundo lugar favorito de la casa.

“¿Cómo les fue? ¿no arañó al veterinario?”. “No, lo agarré fuerte, y hasta le tomó una foto”. “Ay condenado gato, pero si estás bien bonito” le dijo mi mamá agarrándole las patas delanteras que tenía colgando mientras estaba hecho bolita”. “¿Y qué te dijo?”. “Que está muy sano, y que pronto va a querer buscar una gata porque ya es un adulto, que lo cuidemos”.

—¿Sí está en la azotea? — volvió a gritar mi mamá.

Y en lo que bajaba mi hermano y volvía a subir, ahora con la linterna del teléfono encendida, ella lo seguía por las escaleras. “¡Ricky!” Se escuchaba arriba de la casa, junto con unos aplausos, porque mi mamá se acostumbró a hablarle así, y pese a que es extraño, también le hacía caso. Cuando le conté a Heriberto que mi gato era inteligente y que hasta prendía el foco de la sala, me dijo “no manches, si mi gatilla hace eso, yo la dejo ahí y me salgo corriendo, ja ja ja”. Él también tiene una gata negra, pero es más chiquita, menos brava, pero igual de negra y peluda que mi gato.

—A ver, María, fíjate si no se bajó ya y está en la cochera.

Y me tuve que parar y abrir la puerta de entrada y asomarme a ver si no estaba debajo de las plantas, o en la grava haciendo sus necesidades.

—No, déjame me asomo más allá.

Y me fui asomando debajo de los coches de los vecinos. ¿Cómo ves a un gato negro por la noche? Lo que me preocupaba es que ya llevaba rato sin aparecer, creo desde que llegué de la universidad no estaba en mi cuarto. Yo creí que estaría dormido, porque la medicina que le dieron estaba muy fuerte. Cuando me fui le dije que se pusiera bien, no me gustaba verlo así, todo triste y sin ganas de hacer nada.

El día que me lo trajo Vianey, mi hermano y yo no sabíamos que hacer. Era la primera vez que teníamos una mascota, me lo llevé al trabajo en mi bolsa y Juan, un compañero, estaba bien fascinado con él. “Ponle Salem” me dijo, “está bien bonito, yo tengo dos”. Y sacó su teléfono para enseñarme un gato pinto y uno siamés. “Yo creo que Ricky le queda bien” le respondí, cuando le hablé por ese nombre sí me volteó a ver”.

Mi mamá no estaba tan contenta: “¿Y quién va a cuidar a ese animal?”, “nosotros”, “pero si ni estás en la casa”, “pero es un gato”, “¿y qué va a comer?”, “pues croquetas, y leche, creo, no sé, voy a buscar en internet”, “¿y quién le va a comprar eso?”, “pues yo”. “Ay, de veras con ustedes, a ver enséñamelo”. Y le enseñé al gato todo dormido dentro de la bolsa. Le gustaba asomar la cabeza en las bolsas de mandado, en la mochila. A mi hermano le causaba mucha gracia que se quedara dormido encima de mis tareas, que abriera la puerta con sus patas, que se subiera al asiento de su bici, y que, si tenía hambre, nos “hablara” frente a su plato.

—No está, ¿a qué hora llegaste de la escuela?

—Temprano, me fui nomás a mi clase de las cuatro y llegué como a las 8:00.

—Ay, a ver si no se lo robaron, ¿sí se tomó la pastilla?

—Sí, mañana tenía que llevarlo de nuevo con la vet, a que le quitaran el catéter.

—Se va a lastimar.

Y ya no dije nada porque se me hacía un nudo en la garganta de sólo pensarlo, le gustaba salir a acostarse al colchón del patio del vecino, pero más allá no, porque no se veía cómodo con los carros.

¿Cuándo lo descuidé tanto? Por ser vacaciones Don Chuy me había pedido cubrirle en las mañanas a las compañeras y yo acepté. Pero cada vez que regresaba, estaba en la ventana asomándose, esperando a que llegara a sentarme a hacer mis tareas. “Vas a tener que comprarle otras croquetas, una dieta especial, y desde que llegaste no ha dejado de maullar, te quiere mucho ¿verdad?” me había dicho la veterinaria, “mira, le pelamos su patita para ponerle el suero, no ha querido comer, pero ahorita que estás tú, ofrécele a ver si así quiere”

“Pues un estado cuántico es aquel donde existe la partícula, pero no lo sabremos hasta que lo observemos, como el experimento de la doble rendija” decía el profe José en la clase de cuántica.

 “¿Sí conocen el gato de Schrödinger? ¿no?”

Y Danna le preguntaba al profesor que qué era eso, que si era su mascota o algo. “Pues es una analogía de lo que podemos interpretar de la mecánica cuántica. Nos relata acerca de la superposición de estados en las que puede estar algún fenómeno cuántico. Ponemos a un gato en una caja sellada junto a un matraz con veneno y un dispositivo con una partícula radiactiva. Si el dispositivo detecta radiación romperá el frasco, liberando el veneno que matará al gato. Y solo abriendo la caja sabremos si el gato vive o no”. “Ay no, profe, qué feo, por qué le van a hacer eso al gato”. “Es que así va el experimento. Es solo un ejercicio mental”

—Ya mañana aparecerá, ya vámonos a acostar —. Mi mama apagó las luces y cada uno se fue a su habitación.

—¿Crees que aparezca?

—Espero que sí.

–Es que me preocupa.

– A mí también—. Mi hermano se fue a jugar un rato más

–Apaga la luz, que tú la prendiste—le dije,  pero de igual forma me tuve que parar yo, porque ya no salió de su cuarto.

“Amigos, mi gato lleva una semana y media perdido, tiene tratamiento para los riñones, es mi primer mascota me dolería mucho no encontrarlo, si alguien sabe algo por favor mándeme mensaje a **********. Se perdió por los alrededores de privadas de la hacienda, doy recompensa. Ayúdenme a que regrese a casa, y si pueden compartir estaría bien, gracias.”

—Yo creo que ya no va a volver.

—Pero si ni siquiera sabemos si se fue.

—Pero los gatos son así.

Ya no le dije nada porque aún tenía la esperanza de que volviera.  En todos los gatos negros que encontraba en la calle, lo veía, hasta que al acercarme más resultara que este no tenía la cola esponjada, este otro no tenía la panzota, o la suficiente pelona. O simplemente, cuando me miraban de frente, no lo hacían como mi gato.

Mi gato termino en un estado cuántico, donde vive en todos los gatos negros, pero “al abrir la caja”, no son Ricky.