Hoy, muchos no llorarían

Escrito por Hugo Laussin.
Dirección de Comunicación e Imagen

¿En qué parte de nuestra historia, como humanos, se nos fue la humanidad?

Cuando se habla de tejido social roto, desgarrado y casi desaparecido, no se puede evitar dejar de pensar que será de nuestros niños.

Vivimos casos recientes que son dolorosos por su forma y sobre todo, por sus efectos. Jóvenes en plenitud arrancados de la vida en un santiamén por otros jóvenes.

Irresponsabilidad, valemadrismo, ceguera temporal por el alcohol… las causas se minimizan ante los efectos devastadores que se quedan en las familias de los que no sobrevivieron y de los que aún con vida, dejarán parte de esta tras las rejas.

Con razón, los padres de los causantes buscan la libertad desesperada de los suyos, a pocos padres les gustaría que sus hijos estén inmersos en un mundo tan inhóspito como el de un penal. Aquí viene la duda ¿si un hijo asesina, por ser hijo no merece castigo?

Eso habrá que explicárselo a los padres de los ausentes, de esos que ya no están aquí para reír, llorar, despertar cada mañana, vivir.

En ambos casos, de víctimas y victimarios, hubo una niñez, hubo juegos, hubo padres esperando ansiosos su llegada a este mundo.

Hubo caricias y hubo desvelos para alimentarlos, cuidarlos.

Existieron esos mágicos e irrepetibles momentos de la primera mirada, la primera palabra, el primer paso.

Hubo angustia ante la primera caída y alegría, ternura, orgullo de ver a esos seres diminutos e indefensos caminar por vez primera, tambaleantes, buscando con sus manitas la mano protectora de sus padres.

En ambos casos, de víctimas y victimarios, hubo vida.

Ahora hay padres tratando de entender qué fue lo que pasó; el por qué sus hijos ya no están y por qué no escuchan sus risas y sus llantos.

No quiero ni imaginarme por lo que pasan esas almas. Simplemente no es justo para ninguno que un minuto sinrazón se haya vuelto eterno.

La gente perdona difícilmente, ahora, con las redes, la gente conoce y se enfurece pero a la postre, el asunto, los asuntos, se habrán vuelto una historia lejana para muchos.

Para otros esos dramáticos sucesos, minutos y memorias vivirán eternamente dejando la peor pregunta que puede hacerse en privado: ¿y si hubiera…?

La muerte no ha distinguido nunca sexos ni edades y por la permanencia del humano en esta tierra, no lo hará jamás.

Vivimos un obscurantismo inquietante donde el conocimiento aflora en cualquier pantalla pero el saber del humano se va agotando en una maraña de información que no podemos ni sabemos manejar.

Esta era oscura que nos ha atrapado pone en riesgo nuestra permanencia como humanos con sentimientos en el mundo.

No se trata de ser catastrófico, pero la violencia y la falta de humanidad se replica en todo rincón del mundo sin que sepamos como detenerlo.

A nuestros niños y jóvenes ya no les interesa ser humanos porque nosotros, adultos, hemos preferido el tener que el ser.

Hemos educado en la ignorancia disfrazada de conocimiento a nuestros hijos.

Nuestras hijas e hijos viven en peligro, en constante acoso y muchas, la mayoría, ni siquiera lo sospechan.

La maldad ya ha traspasado límites y edades y todo porque nosotros, los presuntos adultos, no les hemos enseñado que el valor de la vida es lo más sagrado y necesario para seguir siendo humanos.

Mujeres y hombres ya no somos más que el mero reflejo de una humanidad ofuscada.

Necesitamos urgentemente cambiar el rumbo de nuestros pensamientos, de nuestros orígenes.

Dejar de pensar en valores como un mero discurso político y entender de una vez que los valores aplican por igual a toda raza, a toda religión, sexo, edad y bolsillo.

Somos los humanos el más grande peligro para la humanidad y casos somos los recientes en esta ciudad sólo son la punta de lanza de lo que viene.

Nuestras escuelas y padres de familia deben retomar el ser antes que el tener para que volvamos siquiera a conocer el nombre de los vecinos.

Los que ya no están entre nosotros no deben ser olvidados. Nunca.

Tenemos desaparecidos, feminicidios, homicidios y una creciente moda de maldad sin que logremos abrir los ojos y darnos cuenta de que nuestros hijos ya están pagando por ello.

Si tuviéramos humanidad aún, los padres de las víctimas y de los victimarios, no estarían inmersos en el dolor, sino abrazando a los suyos.

Salvemos a los hijos que nos quedan.