
Nadia Cárdenas
Es por demás sabido que la industria mexicana del cine no maneja los mismos presupuestos multimillonarios como los de otros países, llámense Estados Unidos, Reino Unido, Corea del Sur, China, India, etcétera; tomo de ejemplo la experiencia que compartió Natalia Beristain en un taller que impartió, en el cual comentó que en nuestro país muchos de los productos audiovisuales que alcanzan a ver la luz del estreno, son financiados con recursos de los mismos directores y productores, quienes básicamente ponen sus ahorros de vida en el proyecto, si tienen suerte obtienen patrocinios o consiguen apoyos federales, aunque cabe la posibilidad de tener que ceder ante las cláusulas de quien aporta el capital.
En este contexto, muchas veces culpamos a las distribuidoras por sólo darle el espacio a películas comerciales (mexicanas), pero cuando logran abrirse funciones de largometrajes que abordan diferentes temáticas y que están hechos con recursos limitados, éstos no pueden competir contra los blockbusters y simplemente quedan en el olvido o en alguna que otra muestra de cine. Por ello es importante que se abran espacios en streaming trabajos realizados por manos mexicanas, pues estas plataformas se transforman en excelentes opciones para el consumo de entretenimiento y, tomando en cuenta que no sabemos cuándo terminará la pandemia o si alcanzaremos a llegar a tiempo las escasas funciones que ofrecen los cines, sería una opción muy provechosa.
Dicho lo anterior, hoy quiero platicarles sobre algunas películas y documentales mexicanos que he visto desde la comodidad de mi casita, empezando por la de la directora méxico-salvadoreña Tatiana Huezo. Guillermo del Toro nombró a esta directora el futuro del cine mexicano, me causó curiosidad saber y, sobre todo, ver el trabajo de Huezo. Así pues, comencé a conocer su filmografía, afortunadamente Netflix subió a su catálogo Noche de fuego (2021), y por su parte Filmin Latino tiene disponible Tempestad (2016).

Basada en el libro Prayers for the stolen de Jennifer Clement, Noche de fuego nos cuenta la historia de Ana, una niña que vive en una pequeña comunidad en la sierra de México. Ella y sus dos amigas van entrando en la adolescencia, rodeadas de un enemigo omnipresente: el narcotráfico.
Es frecuente ver en las noticias pueblos que proclaman su autodefensa debido a la incompetencia del gobierno para proporcionarles seguridad en sus comunidades; muchos otros municipios se han convertido en el campo de batalla entre dos cárteles, y así existen infinidad de historias en nuestro país. El relato de Ana no dista mucho de esta cruda realidad, es una película de ficción que resulta no ser ficción. Es amargo saber que la vida de estos personajes es el día a día de personas reales, y pesa aún más cuando vemos el problema a través de la mirada inocente de una niña que se convierte en una adolescente.
Una de las cosas que más me conmovieron del filme fueron los silencios, callados, pero al mismo tiempo expresivos, como espectadores y conocedores de la situación actual de México, pues sabemos en qué contexto está desarrollándose la trama; sin embargo, la pequeña Ana se encuentra a expensas de los rumores que su oído puede escuchar, nadie le explica nada, no sabe por qué una niña y su familia han desaparecido dejando las cosas puestas cómo si fueran a regresar. No sabe por qué su mamá la hace cavar una zanja en la tierra de su tamaño, no sabe por qué su papá que está en Estados Unidos no contesta sus llamadas, no entiende por qué su mamá se enoja tanto con ella por llevar la boca pintada, no entiende por qué tiene que cortarse su largo cabello si ni siquiera tiene piojos, nadie le explica nada y, aun así, mantiene una sonrisa en el rostro. Cuando cumple 13 años, a pesar de sus condiciones, ella continúa con su vida como cualquier otra chica lo haría, tiene sueños, le gusta pasar tiempo con sus amigas, comienza a fijarse en chicos y le gusta cuidar de su apariencia, aunque ello le pueda traer consecuencias.
Otra perspectiva que expone la película es la economía de esas regiones, la cual está sustentada por el cultivo de amapola, la venta de la goma que produce esta planta es la que al final del día les da ingresos para poder mantenerse, ya que son lugares con un nivel de marginación en el que no existen muchas opciones de empleo. Es así como se forma una especie de círculo vicioso sin fin, donde los recolectores venden su producto a sus verdugos, quienes sin piedad secuestran a sus niñas y mujeres, sin siquiera poder exigir un gramo de justicia.

Con este vacío de autoridad, pasamos al largometraje documental titulado Tempestad. Aquí se cuenta la historia de Miriam Carvajal, una trabajadora de migración en el aeropuerto de Cancún que es injustamente acusada de trata de personas y obligada a cumplir condena en el penal de Matamoros, gobernado al interior por narcotraficantes. La historia de Adela Alvarado, una payasa de circo que desde hace una década busca a su hija desaparecida, Mónica, quien supuestamente fue vendida por un compañero de clase a hijos de judiciales.
Tempestad no es un documental como otros, si bien la temática no es nueva, Tatiana hace de dos historias crudas un poema visual con el que pueda soportarse la impotencia que te hacen sentir los relatos, pues ¿cómo haces para ilustrar semejantes barbaridades si existe peligro con tan solo mencionarlas? Las imágenes del documental son una metáfora a la tempestad que les ha tocado vivir a estas dos mujeres, a través de escenas tan simples como el viento agitando los pastizales, cuartos oscuros, calles desiertas con edificios descuidados, un cielo negro que anuncia la tormenta, se convierten en poderosas postales si se les agrega el audio correcto, en este caso, la narración en off de Miriam y Adela.
Nadie está exento de convertirse en un chivo expiatorio o de perder un familiar en manos del crimen organizado, quienes realizan cine en México lo saben, hoy en día la filmografía del país está llenando poco a poco sus estantes, con un fiel reflejo de lo que se vive a diario en muchas ciudades y comunidades, con un gobierno muchas veces coludido con los mismos criminales que a expensas de familias inocentes sólo buscan enriquecerse a manos llenas, en los últimos años han surgido varias piezas audiovisuales que son un gran y triste ejemplo de nuestra realidad como Sin señas particulares (2020) de Fernanda Valadez, Las tres muertes de Marisela Escobedo (2020) de Carlos Pérez Osorio, La Civil (2021) de Teodora Mihai, entre muchas otras películas y documentales.
