Más particular

Valeria Naomi Uresti Vanegas

Estudiante de la Licenciatura en Biofísica en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí. Sus intereses abarcan diversas áreas y la lectura ha sido, desde siempre, la principal fuente de alimento para su curiosidad, tanto científica como literaria. Finalista en el Premio Ariadna de Cuento 2022 y en el Premio Ariadna de Poesía 2022. Ha participado en actividades de divulgación científica con el objetivo de incentivar la curiosidad y promover el pensamiento crítico. Cree firmemente que la ciencia no tiene que estar desconectada del arte: ambas crecen en conjunto. Fue una de las ganadoras del Concurso de Cuento para Alumnos Universitarios  “Historias Cuánticas” con motivo del Año Internacional de la Ciencia y la Tecnología Cuánticas.

Hace ya algún tiempo que conocí a mi fantasma. Creí que éramos amigos, pero desde que empecé a colaborar en aquel ridículo proyecto, no ha dejado de atormentarme. ¡Por favor! ¿comprobar la existencia de mundos paralelos? ¿comunicarse con el “yo” de otra dimensión?  ¿en serio? No entiendo la necesidad de alterar nuestro mundo de esa manera, ya está lo suficientemente descompuesto con la barbaridad de cosas que suceden a diario.

De cualquier manera, me la he pasado trabajando como mula día y noche armando un sistema de sensores cuánticos. Este debe ser lo suficientemente sensible como para detectar la más atómica anomalía gravitacional. Estará integrado a una supercomputadora, por lo que es de suma importancia contar con un sistema de refrigeración criogénica eficiente. Este stage sólo representa una fracción de un sistema mucho más grande y complejo, requiere dinero, tiempo y mucho trabajo. Pero, como era de esperarse, fueron pocas las personas dispuestas a sumarse a tan titánica tarea, de modo que mis energías son devoradas en la superconducción, refrigeración y administración de facturas y aburridos formularios.

Y todo esto gracias al estúpido fantasma, que no me permite descansar. Perversamente, me recuerda que hay mucho por hacer y poco tiempo para terminar. Mientras, trato de tomar las cosas con calma, su insistencia me ataca en mis descansos y mientras duermo. ¡Estoy harta de escucharlo!

No siempre fue tan fastidioso. Después de todo, fue él quien me presentó el Universo. Tenía unos cinco o seis años y, aquella noche, obligada, me fui a la cama con mis incansables energías picándome las costillas y manteniéndome despierta. Me movía de un lado a otro, procurando no despertar a la abuela, hasta que, finalmente, frustrada, arrojé la almohada al suelo y me detuve a observar fijamente el techo. Entonces, Fantasma apareció, envolviéndolo todo con un manto de oscuridad. Cientos de diminutos y centelleantes soles emergieron, arrullando mi velada. A partir de esa noche, vislumbrar las estrellas y sus constelaciones se volvió parte de mi costumbre a la hora de dormir.

Además, me enseñó extrañas cosas sobre la naturaleza del Universo. En un sueño me mostró las galaxias y el polvo estelar que las conformaban, y luego, en medio de sus colores cósmicos, observé un fino y delgado hilo blanco, sin principio ni final, que formaba bucles infinitos. El hilo era flexible, suave y moldeable, sin embargo, nunca se tocaba a sí mismo. De la misma manera, la vida se conforma en ciclos donde parece que vivimos situaciones repetitivas, no obstante, nunca suceden de la misma manera, nunca son exactamente iguales. En esta característica el Universo es estricto y receloso: cada experiencia es única, lo que lo hace caótico y, a veces, aterrador.

Sus enseñanzas siempre me cautivaron, el señor Fantasma y los misterios de nuestra existencia me seducían. Pero la curiosidad no siempre es inocente, al fin y al cabo, está aliada con el peligro.

Así, una noche, Fantasma me condujo a un apestoso bar, donde el aroma del sudor y del alcohol se mezclaban en una amarga fragancia a humanidad. Eso, y la espantosa música de fondo, fueron el escenario perfecto para una partida de póker con mis compañeros de trabajo. Carlos, Carolina, un desconocido que se encontraba bebiendo solo y yo jugamos un Texas Hold’em, aunque apenas y conocía las reglas. Iniciamos con una apuesta débil, pero significativa, las cartas se repartieron y la apuesta no incrementó. Destaparon un nueve y un diez de picas junto a un as de trébol. Tímidamente, colocamos más dinero en la mesa. Todo se puso interesante cuando en la cuarta carta se reveló un as de diamantes. El desconocido dobló la cantidad de la mesa y Carolina se retiró escandalosamente. Yo, en cambio, no comprendía qué estaba pasando. Tras meditarlo por unos segundos, decidí permanecer en la partida.

Mi cartera soltó un gritillo que sólo yo escuché, pues me estaba jugando el dinero para el taxi. Los participantes se emocionaron, parecían visualizar las posibles jugadas y me contagiaron su nerviosismo. Todos, menos el encargado de repartir la baraja, golpeteamos la mesa imitando un redoble de tambores, mientras lenta y dramáticamente se revelaba la última carta. Las ansias cosquillearon en mi abdomen.

—Qué emocionante es el destino cuando aún está indeterminado —me susurró Fantasma.

Apareció una J de picas. Carlos se retiró y el desconocido mantuvo la apuesta, subestimaba mi jugada debido a mi ignorancia. No contaba con que el azar había jugado a mi favor, y para ser honesta, yo también me encontraba sorprendida. Baje al rey y a la reina de picas declarando mi victoria. Tomé mis ganancias, agradecí a los presentes y hui rápidamente de allí, jurando no volver a jugar. Esa partida había sacudido mi brújula moral; la incertidumbre de los juegos de azar me dejó enganchada, pues me encantaba el riesgo, pero aquel era potencialmente peligroso. Lo mejor era mantenerse alejada.

Aquella noche de póker había estado guardada en algún rincón en mi memoria, hasta que revivió cuando acepté colaborar en el proyecto. Mi imaginación visitaba mundos paralelos mientras andaba de aquí para allá, ensamblando cosas y paseando en los laboratorios. Pensé que en alguna dimensión habría tenido que regresar caminando a casa, mientras que, en otra me convertía en una ludópata arruinando mi reputación y mi carrera.

Por otro lado, mis pensamientos me llevaron a extrapolar la superposición cuántica a mis acciones; estas nunca serían satisfactorias o insatisfactorias hasta que alguien las observara. Entonces, mi nerviosismo aumentaba cada vez que alguien me veía.

Fui víctima de mi ansiedad un día en el que Leura, encargado del stage 1, entró de imprevisto al laboratorio. Cruzamos miradas y me congelé de inmediato. Estaba en cuclillas tratando de alcanzar unas pinzas con la mano izquierda, sostenía un trozo de alambre con los dientes, y con la derecha, empujaba un ducto contra la pared para evitar que cayera. Leura caminó despacio observándome, lo seguí con la mirada sin mover un músculo.

—Si no te mueves no te veo o ¿cómo funciona? —bromeó agachándose para alcanzarme las pinzas.

—Sí, es que… —rectifiqué lo que iba a decir— ¿Qué?… Nada, estaba tratando de tomar las pinzas, y me distraje.

Esto no tiene nada de relevante, pero quedó registrado en la cámara de seguridad, ahora se burlan de mí de vez en cuando. Si Leura no hubiera entrado mientras trabajaba, yo no hubiera pausado mis deberes y esa escena nunca hubiera quedado grabada.

No debería sobrepensarlo, pero no puedo evitarlo. Con este proyecto, lo imposible, poco a poco deja de serlo. Ni siquiera sé si funcionará, pero algo me motiva a estar de nueva cuenta, a las nueve de la noche, verificando el estado de ensamblaje del stage 0. De todas maneras, su construcción depende de mi compromiso. Una vez terminado, me jubilaré; me alejaré lo más que pueda de la ciencia, me iré a vivir tranquila a las Bahamas y me olvidaré de todo esto.

Y es que ahora estoy absorta en todo lo cuántico. Me recuerda a la esencia del “hubiera”, sólo que al “hubiera” lo rechazamos porque es sinónimo de soñar en pasado, y el pasado, ya no puede modificarse. Por otro lado, nuestro futuro existe en múltiples caminos, incluso si están indeterminados. Las posibilidades vuelan y se multiplican, hasta que decidimos tomar las riendas de un solo destino. Una vez hecho esto, ocasionalmente regresamos al pasado y nos preguntamos ¿qué hubiera pasado si…?

¿Qué hubiera sido si en lugar de café hubiera tomado jugo esta mañana? ¿Y si hubiera elegido zapatillas en lugar de deportivo? ¿Estaría andando un camino diferente? Si hubiera salido más temprano a tomar el bus: ¿recordaría nuevos rostros? Las preguntas triviales son fáciles de responder, pero hay otras que no lo son tanto.

 Y… si los ojos de quien yo hubiera querido me hubieran mirado con más ternura, ¿qué habría sido de mis sentimientos? Y si hubiera podido mirar con amor a quienes nunca logré hacerlo, ¿qué hubiera sido de nuestros caminos? ¿Y si me hubiera atrevido a dar aquel abrazo… o si hubiera sido yo quien lo recibiera? ¿Y si nunca hubiera conocido a aquel fantasma? Y si no hubiera vivido todo exactamente como hasta ahora: ¿seguiría siendo yo?

Mientras termino de revisar el papeleo de materiales que me faltan, pienso en las infinitas
posibilidades, y en que nunca habrá dos universos exactamente iguales. Concluyo que el Universo, no sólo es receloso, sino también orgulloso: o eliges este camino ahora, o nunca se te presentará de la misma manera. Quizá existan otros universos, sin embargo, jamás encontraré la esencia de este en ningún otro. Escucho cómo Fantasma se desparrama conmovido por mi conclusión. Quizá por esta vez deje de atormentarme.

Aun así, es fascinante imaginar el poder serlo todo, vivirlo todo y sentirlo todo al mismo tiempo; aunque sea sólo por una fracción de segundo. Y así, mis pensamientos vagabundean como vulgares ondas, mediocres y sin coherencia, tal como mi existencia.

Me pregunto qué sería de mi si fuera más particular.